Manifiesto de El Hierro: medio siglo después
El 5 de septiembre de 1976, en la Cruz de los Reyes, un enorme arado de hierro se levantaba sobre el paisaje herreño. Era el Monumento al Campesino, obra de Tony Gallardo, y a sus pies se produjo uno de los episodios más singulares de la historia cultural reciente de Canarias. Ante miles de personas, Aurelio Ayala dio lectura al que pasaría a conocerse como Manifiesto de El Hierro, un documento elaborado por artistas, escritores e intelectuales entre los que se encontraban Martín Chirino, Tony Gallardo, Leopoldo Emperador, Josefina Betancor, Juan José Falcón Sanabria, José Luis Gallardo, Juan José Gil, Antonio de la Nuez, Alfonso O'Shanahan, Eugenio Padorno y Manuel Padorno. España se encontraba entonces en los primeros meses de la Transición y prácticamente todo estaba por discutir, también en las islas: nuestra relación con la historia, la identidad cultural del archipiélago, su condición atlántica y africana o la necesidad de crear desde Canarias sin permanecer subordinados a los grandes centros culturales. El manifiesto surgió en ese contexto y no parece casual que lo hiciera precisamente en El Hierro, lejos de los principales centros políticos del país y alrededor de una herramienta tan sencilla como un arado. Gallardo había convertido un objeto cotidiano del trabajo agrícola en una pieza monumental dedicada al campesinado. Arte, paisaje, cultura popular y reflexión sobre el futuro de las islas quedaron así unidos en una misma escena.

El documento reivindicaba una cultura canaria consciente de su historia, defendía elementos anteriores a la conquista como las pintaderas y las grafías indígenas y reclamaba una mirada propia hacia el territorio y hacia la posición de Canarias en el Atlántico. Sin embargo, quizá lo más interesante al releerlo cincuenta años después sea comprobar que aquella defensa de las raíces no implicaba encerrarse en ellas. Existía también una voluntad de universalidad, de crear una cultura contemporánea capaz de dialogar con el exterior sin borrar aquello que la hacía reconocible. Esa cuestión continúa teniendo sentido en unas islas que han cambiado profundamente desde 1976. Han cambiado las ciudades, la economía, las comunicaciones, el turismo y nuestra manera de relacionarnos con el mundo, pero seguimos enfrentándonos a decisiones muy parecidas sobre aquello que merece permanecer. Un oficio tradicional que desaparece no supone únicamente la pérdida de una técnica: con él pueden marcharse palabras, conocimientos, relaciones sociales y una determinada manera de comprender el paisaje. Cuando se abandona un cultivo cambia también la forma de una ladera; cuando desaparece una construcción vinculada al trabajo se pierde una parte de la memoria de quienes la utilizaron; cuando dejamos de transmitir un relato familiar, una canción o una forma de nombrar un lugar, una pequeña parte de la historia del territorio deja de ser accesible para quienes vienen después. Entendido así, el patrimonio tiene mucho menos que ver con conservar el pasado intacto que con reconocer qué elementos de ese pasado continúan explicándonos en el presente.
El 5 de septiembre de 2026, exactamente medio siglo después, el Manifiesto de El Hierro volvió a escucharse junto al monumento de Tony Gallardo. Leopoldo Emperador, uno de sus redactores originales, fue el encargado de leer de nuevo aquel texto mientras se recordaba a quienes participaron en su creación, y el Cabildo de El Hierro anunció el inicio de los trámites para declarar El Arado Bien de Interés Cultural. La imagen resulta especialmente significativa: una herramienta utilizada durante generaciones para trabajar la tierra se convirtió primero en escultura; aquella escultura acompañó después un manifiesto que quiso reflexionar sobre Canarias y, cincuenta años más tarde, ambos forman ya parte de la memoria cultural de las islas. Regresar al Manifiesto de El Hierro no obliga a aceptar literalmente cada una de las ideas formuladas en 1976. Su interés está también en recuperar el ejercicio que hicieron quienes lo escribieron: detenerse a observar las islas, preguntarse de dónde venían y pensar qué querían conservar mientras avanzaban hacia algo nuevo. Medio siglo después, Canarias es distinta, pero seguimos decidiendo diariamente qué hacemos con nuestro paisaje, nuestra memoria y las historias que hemos recibido. El patrimonio no es únicamente aquello que heredamos. También es aquello que, después de comprender su valor, decidimos no perder.



