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Guayadeque, 1863

  • 28 ago
  • 4 min de lectura

Actualizado: 31 ago

Este verano, durante una visita a El Museo Canario, en Las Palmas de Gran Canaria, nos encontramos con un texto ante el que fue difícil pasar de largo. De esos que obligan a detenerse, leer una vez y volver a empezar. Un testimonio recogido por Gregorio Chil y Naranjo durante una exploración al barranco de Guayadeque en 1863 que, más de siglo y medio después, continúa teniendo una capacidad extraordinaria para transportarnos a otro tiempo.


Nos enamoramos de este relato porque tiene algo que no siempre consigue transmitir una vitrina, una pieza arqueológica o una fecha escrita en una cartela: vida. En apenas unas líneas aparece un anciano sentado bajo una higuera hablando con naturalidad de las cuevas, de las momias, de sus cabellos y sus barbas todavía conservados, de sus pieles, de sus recipientes y de todo un patrimonio arqueológico que durante décadas había formado parte de la vida cotidiana de quienes habitaban aquel territorio.


Su interlocutor era Gregorio Chil y Naranjo, una de las figuras fundamentales para comprender el nacimiento del estudio científico del pasado de Canarias. Nacido en Telde en 1831, estudió Medicina en París, donde se doctoró en 1857, y regresó posteriormente a Gran Canaria. Compaginó su actividad médica con una profunda dedicación al estudio de la historia y la prehistoria de las islas. En 1879 fue una de las principales figuras detrás de la creación de la Sociedad Científica El Museo Canario y se convirtió en su primer director, cargo que mantuvo hasta su muerte en 1901. Su propia vivienda forma hoy parte de la sede de la institución que contribuyó decisivamente a crear.



Años antes de la fundación del museo, Chil ya recorría Gran Canaria interesado por los vestigios de sus antiguos habitantes. En 1863 visitó Guayadeque, uno de los enclaves arqueológicos más importantes de la isla. Allí recogió el relato de un anciano de entre setenta y seis y ochenta años que había conocido una realidad hoy casi inimaginable: cuevas funerarias todavía repletas de cuerpos, pieles, cerámicas, maderas y objetos pertenecientes a la población indígena de Gran Canaria. La investigación histórica confirma aquella visita de Chil y señala además la enorme pérdida patrimonial que sufrió Guayadeque durante el siglo XIX, antes de que existiera una verdadera conciencia de conservación arqueológica.


El testimonio llevaba por título:

Noticias sobre momias recogidas por Chil y Naranjo en la exploración efectuada al barranco de Guayadeque en 1863.


«…Era propietario de aquella higuera un viejecito de setenta y seis a ochenta años, hospitalario como todos los campesinos de las islas, y amigo, como ellos, de satisfacer la curiosidad, especialmente cuando se trata de hablar de los tiempos pasados.

Aproveché tan buenas disposiciones y principié a interrogarle sobre los Enzurronados —nombre que dan a las momias— y sus particularidades.

Decíame, que él antiguamente no tenía otro servicio en su casa que los gánigos y las ollas que sacaba de las cuevas, y cuando no los podía bajar los arrojaba, y eran tan resistentes, que cayendo primero sobre las cañas, de que estaban plantadas las márgenes del barranco y después sobre las piedras, no se rompían; que los cordobanes de sus zapatos, como muchísimos de los de sus vecinos, eran hechos de las pieles que sacaban de los zurrones, y, por último, que los costales y las albardas las hacían con las telas de que estaban vestidas las momias, las cuales eran tantas y de tan diversas clases que no podían numerarse, y que las había visto tiradas en aquellos riscos, hasta por espacio de veinte años, sin sufrir alteración, a pesar del sol y la lluvia que sobre ellas caía.

Añádime que en las cuevas en donde las encontraban estaban de dos maneras: unas derechas y arrimadas a la pared, con sus garrotes y sus gánigos al pie, y otras, que eran las más hermosas, pues estaban revestidas con muchísimas pieles de todos colores y cosidas como la delantera de una camisa, se hallaban tendidas sobre una tabla de pino, con gánigos y garrotes muy bruñidos y pintados, colocados a su cabecera; que algunos estaban como si hubiesen acabado de morir, con el pelo y la barba perfectamente conservados; que las mujeres tenían el cabello cogido en trenzas enlazadas con juncos de colores; que quince años antes se habría sacado gran número de zurrones de todos tamaños, garrotes de todas clases armados con puntas de cuerno y piedras amarradas en sus extremidades y varias mazas, piedras redondas pulimentadas, gánigos, cazuelos, fuertes botijos de barro algunos muy pintados, zurrones llenos de objetos varios para usos doméstico, gorros de piel de cabrito, grandes jarrones llenos de manteca y otros de madera con miel ya seca.

En algunas había gran número de palos de pino amarrados en forma de telares.»


Lo extraordinario del relato es también lo incómodo que resulta leerlo desde nuestro tiempo. Aquellos restos que hoy contemplamos como testimonios irreemplazables de la historia de Canarias eran entonces objetos encontrados en cuevas que podían acabar convertidos en zapatos, costales, albardas o utensilios domésticos. No necesariamente porque quienes los encontraban pretendieran destruir su pasado, sino porque todavía no existía la conciencia patrimonial, científica e institucional con la que hoy entendemos estos lugares.

Y quizá por eso este texto nos impresionó tanto.


Porque nos recuerda que el patrimonio no sobrevive simplemente porque exista. Sobrevive porque alguien decide estudiarlo, protegerlo, conservarlo y transmitirlo. Cada objeto que ha llegado hasta nosotros, cada cuerpo conservado, cada gánigo, cada fragmento de piel y cada documento custodiado durante generaciones constituye una pequeña victoria frente al tiempo y frente al olvido.

Más de ciento sesenta años después de aquella conversación bajo una higuera de Guayadeque, nosotros pudimos leerla en El Museo Canario. Y probablemente esa sea una de las mejores demostraciones de por qué preservar nuestro patrimonio importa.



 
 
 

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