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Lo que cabe dentro de una sombrera

11 sept
5 min de lectura

El origen incierto, los usos cotidianos y el oficio que une los sombreros de Lanzarote y La Graciosa con la historia de quienes los hicieron y llevaron.


Una sombrera se entiende mejor si se le da la vuelta. En los ejemplares que combinan palmito y trigo, el cereal queda por dentro, reforzando la pieza. Jaime Gil González lo documentó en su estudio sobre los cultivos tradicionales de Lanzarote: la empleita de trigo aporta firmeza y peso a la trama de palmito. En el mismo trabajo recogió el testimonio de un agricultor cuya mujer había pedido semillas para hacerse una sombrera. La necesidad de vestirse llegaba hasta la sementera. 1


Esa relación tuvo nombres propios. En 2006, Gil destacó en Pellagofio el caso de Hortensia Pérez, de Los Valles: su trabajo de sombrerera había contribuido a conservar el trigo de la tierra de Lanzarote. Lo necesitaba para trenzar. La continuidad de una variedad agrícola dependía también de un uso que podía pasar inadvertido para quien solo mirase el grano. Pensar la sombrera como un objeto aislado deja fuera esa parcela de su historia. Antes de coserla, alguien había tenido que guardar semilla y volver a sembrar. 2


Mujeres con sombreras y pañuelos de romería en Masdache, Lanzarote. 2025. Foto: Enrique Rodda
Mujeres con sombreras y pañuelos de romería en Masdache, Lanzarote. 2025. Foto: Enrique Rodda

Este septiembre, la Feria de Artesanía de Lanzarote vuelve a ponerla en primer plano. Su programación incluye demostraciones de empleita de palmito y de empleita de espejo de trigo, dentro de las actividades dedicadas a la relación entre paisaje y artesanía. Es una ocasión para ver cómo se trabaja. Pero la historia de la pieza exige salir del recinto y mirar los lugares donde fue necesaria. 3


¿Desde cuándo se lleva? La investigación de Ricardo Jesús Reguera Ramírez, publicada en 2006 en Las indumentarias y los textiles de Lanzarote, no permite fijar un nacimiento preciso. Reúne antecedentes de sombreros de fibras vegetales y referencias a las grandes alas en viajeros de finales del XIX y comienzos del XX. Entre ellos, Olivia Stone, que reparó en los sombreros al pasar por Guatiza. El propio autor reconoce los límites de la documentación sobre su origen. No hay base suficiente en las fuentes consultadas para presentar la gran sombrera campesina como una prenda aborigen ni para atribuirle una fecha de invención. 4


La distinción importa. Saber que se trenzaban fibras vegetales no demuestra que existiera ya este sombrero, con esta copa y esta anchura de ala. Tampoco la primera descripción conservada señala necesariamente el comienzo de una costumbre. Un viajero puede reparar en lo que otro pasa por alto; una prenda de uso corriente puede dejar menos rastro escrito que una joya. Buscar un origen exige aceptar que, de momento, hay una parte que no sabemos contar.

Lo que sí aparece es el uso. Arminda Arteta recuperó una descripción de Eduardo Hernández-Pacheco durante su visita de 1907: mujeres con el rostro ceñido por un pañuelo, enormes sombreros y manos protegidas con guantes, aunque caminaran descalzas. El geólogo relacionaba esos cuidados con el deseo de evitar que el sol oscureciera la cara y las manos. Es una observación situada, hecha por un visitante, no una explicación de lo que pensaban todas las mujeres de la isla. Permite ver, al menos, que la protección del cuerpo también estaba atravesada por las ideas de apariencia de la época. 5


La copa tenía otra utilidad: podía alojar el ruedo de tela empleado para cargar bultos sobre la cabeza; también se colocaba por fuera. Reguera documenta ambas soluciones. En esos usos, la sombrera formaba parte del equipo de trabajo. El tamaño y la estructura deben leerse junto al esfuerzo de quien la llevaba. 4


La literatura dejó una escena especialmente precisa. En A merced del viento, de 1912, Ángel Guerra sitúa a unas recolectoras de cochinilla entre las tuneras, con las manos envueltas en trapos y el rostro protegido bajo una gran sombrera de palma. Trabajan con un utensilio semejante a una cuchara, retirando la cochinilla de las pencas. El pasaje, recogido por Zebensuí Rodríguez Álvarez en su selección sobre la mujer en la literatura lanzaroteña, describe además la riqueza del propietario y la dureza de la faena. Es una novela, no un registro de jornales. Pero conserva una representación de la sombrera ligada al trabajo y a las diferencias sociales, lejos de la imagen de fiesta con la que hoy resulta fácil identificarla. 6


Tampoco hubo una única forma. En una entrevista publicada por La Voz de Lanzarote en julio de 2025, Reguera distinguía las piezas más pequeñas del norte, o Vuelta Arriba, de las mayores del sur, o Vuelta Abajo. El sombrero graciosero es más corto y cerrado; dentro de esa tradición, el masculino presenta una forma más cónica y el femenino resulta más abierto y grande. Reunir todas esas variantes bajo una sola silueta borra diferencias que pertenecen a la historia de la indumentaria. Y deja fuera a los hombres de una tradición que también fue suya. 7


Incluso los nombres requieren cuidado. Reguera recoge sombrero en el norte y en La Graciosa, y sombrera preferentemente en el centro y sur de Lanzarote. La terminación no basta para saber quién lo llevaba. 4 Tampoco sirve la regla, repetida a veces, que reserva la sombrera a las casadas y la gorra a las solteras. Arteta aclara, apoyándose en ese estudio, que el estado civil no explica por sí solo la elección de estos tocados. Las gorras y los gorros de tela son, además, prendas distintas de las sombreras de empleita. 5


Para entender la fabricación hay un testimonio que conviene leer despacio. En 2016, la periodista M. J. Tabar entrevistó en La Graciosa a Carmen Hernández, que había aprendido observando a su madre. «A mí nadie me enseñó», le dijo. Su explicación empezaba por el palmito: secarlo hasta que blanqueara, preparar tiras iguales y trabajar con la humedad adecuada. Repartía once tiras entre las manos, seis en una y cinco en otra. Después venía la costura desde el centro de la copa, dando vueltas hasta construir la forma. Carmen deshacía lo necesario cuando la hechura no la convencía. 8


La frase sobre aprender sola puede engañar si se separa del resto. Había una madre a la que mirar, unas operaciones que repetir y un resultado con el que comparar el propio. El aprendizaje no necesitaba parecerse a una clase para ser exigente. En aquel reportaje, Carmen también rechazaba comprometerse con plazos de entrega. La cuestión del tiempo estaba ahí, en una decisión concreta de la artesana, antes de cualquier discurso sobre el valor del trabajo manual. 8


Con los años, una parte de la ropa cotidiana pasó a representar a toda la isla. Reguera sitúa la popularización del llamado traje típico de Lanzarote en los años cuarenta, a través de las agrupaciones folclóricas. Ese proceso escogió unas prendas entre muchas. Conviene distinguirlo de la historia, más larga y variada, de lo que la gente usaba para trabajar o salir. 7


La exposición Sombrera, organizada por La Casa Amarilla entre marzo de 2020 y mayo de 2021 y comisariada por Arminda Arteta y Vanessa Rodríguez, propuso precisamente volver a las mujeres. A sus ocupaciones rurales y costeras, a las lavanderas, las parteras, las artesanas. El tocado daba nombre a una muestra cuyo asunto eran las vidas y los trabajos que habían quedado poco reconocidos. 9

Ese cambio de atención sigue siendo útil. Una fotografía puede enseñarnos el ala y dejar sin respuesta casi todo lo demás: quién hizo la pieza, para quién, cuánto trabajo llevó o qué modificaciones necesitó. Documentar esos datos permitiría acompañar cada sombrera con algo más que el nombre de la isla. También ayudaría a explicar por qué dos ejemplares no son iguales, sin obligar a uno de ellos a ser el modelo definitivo.


Al darle la vuelta aparecen las costuras y, en muchas piezas, el trigo. Ahí hay una manera de empezar a mirar: por lo que costó hacerlas, por la utilidad de cada parte y por las personas que sabían resolverla. Hortensia Pérez necesitaba una paja determinada para seguir trenzando. En esa necesidad, tan concreta, encontró el trigo una razón para continuar en la tierra. 2

 
 
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